29-OCT (martes)
Por
la mañana, la doctora Yolanda Piñero me da el alta. Entrego una
fotocopia del justificante en el Ministerio de Trabajo, cerca de
Clideba, pues tenía cita con la junta médica para el día siguiente.
También
voy a Nacex, para asegurarme de que la sucursal de Madrid acudirá hoy a
la Central de Visados Rusos a recoger mi pasaporte con el visado.
Mis viajes son en bicicleta, tratando de evitar el tráfico y acercándome al río y a los arbolitos.
Recibo
un correo del profesor Pedro Luis Lorenzo en el que me admite como
oyente en sus clases ... pero éstas son de 9 a 11 o de 12 a 14 y ya me
voy a reincorporar al laboratorio :-(
30-OCT (miércoles)
Hoy es el día de mi vuelta al laboratorio. He tenido una acogida muy cordial, con besitos y abrazos.
Coloco
en el macetero del portal un pequeño homenaje al letrerito que un
vecino colocó (y que retiraron al día siguiente, junto con la colilla
aplastada que lo provocó).
A continuación, el susodicho cartel y mi sentida muestra de apoyo.
Recojo en Nacex mi pasaporte con el visado para Rusia.
Me llama Encarni, de Canal Extremadura. Rosa, de Valencia de Alcántara, le dio mi contacto. Quieren realizar un programa sobre formas alternativas de alimentarse y les resulta interesante el planteamiento LCHF. Pero el programa se emite la semana siguiente y le digo que puede ser que me encuentre en Rusia. Me pide que le dé el teléfono de alguien que siga esa alimentación y, al hablarle de Eva, me dice que tiene un "perfilazo" (por haber perdido 14 kg comiendo de forma saludable con los alimentos que le gustan). Ni Cristina ni Reme se animan.
31-OCT (jueves)
Me encuentro en el trabajo con Jesús. Intuyo que quiere
darme un abrazo. Yo le extiendo la mano y él, en un primer momento hace
el ademán de estrechármela. Pero, al final, me da un abrazo con
palmaditas en la espalda.
Durante nuestra conversación sale a
relucir que el doctor Vicente Ledesma es cuñado suyo (el internista que
me atendió en el HPS).
A la hora del recreo
voy a casa a hacer la maleta y a las 12 estoy en el HUB, ante la puerta
de la consulta del Dr. Aguirre (neurólogo).
El doctor me dice que puedo hacer vida normal y que no ve inconveniente en que vuele a Rusia.
También
me dice que, para retirar el Keppra, hay que hacer un nuevo EEG ... y
que aún está demasiado reciente el anterior para realizarlo.
También recibo una cita para que la neuropsicologa evalúe mi pérdida de memoria.
Vuelvo al laboratorio y dedico el resto de la mañana a pedir vacaciones, realizar checkines, reservar alojamientos, etc.
En casa, como apresuradamente y acabo de hacer la maleta. Voy a Elvas en la Kangoo pues he decidido ir a Lisboa en autobús.
Después
de aparcar veo la carrinhosa de María y, al llegar a la estación, su
figurita. Ha venido a despedirme. Pasamos abrazados y emocionados los
diez minutos escasos que quedan hasta la salida del autobús.
Puntos
en contra de viajar en bus: ruiditos electrónicos variados y abundantes
(como los del wasap) conversaciones telefónicas, ruido de bolsas de
chucherías estrujadas, en las 3 horas de viaje no se hacen paradas para
ir al cuarto de baño...
Había decidido ir
andando desde Sete Ríos hasta el aeropuerto. Pero el camino propuesto
son carreteras con mucho tráfico y opto por el metro. Había olvidado que
llevaba una tarjeta en la cartera y compro una nueva. Me distraigo con
el wasap, informando a los amigos de mis andanzas, y me paso dos
estaciones de la conexión de São Sebastião.
En
la fila de embarque hablo con una María somnolienta y ya dentro del
avión la vuelvo a llamar para darnos un besito de buenas noches.
1-NOV (viernes)
El vuelo nocturno LIS - DME (Lisboa - Moscú, Domodedovo)
dura 5 horas y media. Consigo dormir la mitad del trayecto.
Los asientos no permiten posturas cómodas y, aunque se
venga pertrechado de tapones, antifaz y almohada cervical no se consigue
descansar bien.
A eso de la una de la madrugada, a 10.000 m de altura y
-50 °C en el exterior, la TAP incluye espinacas en mi cena ovolactovegeta.
Tensión para el convaleciente (fue lo último que comí antes de la crisis epiléptica que me llevó al hospital)
Llegamos
a Moscú un poco después del amanecer.
Sin salir de Domodedovo subo al avión que me llevará a San Petersburgo
(LED - Púlkovo). Antes del despegue y durante el vuelo consigo dormir un poco.
En el aeropuerto de Púlkovo, el amable joven del puesto de
información me explica en español cómo llegar al Hostel Mariel por 0,85 €.
Es un viaje de media hora que implica bus y metro.
Tomo posesión de mi litera y duermo una siesta de 2 horas. A las 6, de
noche, doy una vuelta por la ciudad a buen paso (caminata en wikiloc). Estamos
a -1 °C.
(En Perspectiva Nievski -Nevski Prospekt-, con la nariz roja)
En el hostel ceno frugalmente. Los viajeros son jóvenes y
amables. Saben que soy español. El que me dijo esta mañana "simpático"
y "fantástico" me ha dicho ahora "buenas noches". Otro me
ha ofrecido chocolate. Le he contado que no tomo azúcar y me preguntó por qué.
Tras explicarle que pienso que es perjudicial me ha invitado a muesli azucarado
y no he tenido más remedio que tomar un poco.
2-NOV (sábado)
Dedico la mañana a pasear y visitar el museo del Sitio de Leningrado.
A la salida me refugio del frío en un agradable café.
Continúo recorriendo la ciudad y desayuno a las 4
de la tarde en el restaurante Kakha. Los camareros son rusos y llevan camisetas
con palabras georgianas aleatorias. En la del que me lo cuenta pone
"verano".
Sigo con la caminata que el folleto turístico dedica al primer día en San Petersburgo.
(La Catedral de la Sangre Derramada)
En la fachada del Palacio del Estado Mayor proyectan imágenes
espectaculares acompañadas de música electrónica. La gente llena la plaza en
cada sesión y la desaloja bajo el arco que da a Nevski Prospekt. Da la
sensación de ir en manifestación.
3-NOV (domingo)
Camino hasta la Plaza Sennaia y, antes de entrar en el
metro, recorro su perímetro.
De un
grupo de tres malandros se me acerca uno. Le huele el aliento a alcohol y me
pide 100 rublos para comer. Lo ignoro y me va dando empujoncitos pero no me
resulta intimidatorio. Pasados 10 metros, desiste.
Bajo en Gorkovskaya y visito la mezquita. Un
remanso de paz al lado de las atestadas y recargadas iglesias ortodoxas. Pocos
fieles, poca luz, muchas alfombras y mucho recogimiento.
Entro en el Museo de Historia Política de Rusia. No llego
a pagar el billete pero sí compro un folleto sobre el Ejército Rojo por 100
rublos.
Paso por la Casita de Pedro el Grande (¿cabría en ella?).
El precio para entrar me parece elevado. Le pido a la señora taquillera el
papelito explicativo, por si me animo. Pero me dice que "niet": si no
hay entrada no hay papelito.
Hay una
gran cola para subir al crucero Aurora y piden 7 euros para entrar. Me quedo
fuera y solucionó el problema con una selfie en la que sale medio barco.
Me dirijo a Zayachy Ostrov, la Isla de los Conejos, para
conocer la fortaleza. Con la entrada a la vista comprendo que tengo un apretón
inaplazable y entro en un distinguido restaurante-terraza. En principio, pido
un té. Pero, finalmente, se impone el sacrificio y quedarse a comer unas
reconfortantes viandas (medio litro de té caliente, crema de champiñón y ensalada
caliente de salmón), por las que me quitan 20 €.
Está anocheciendo y lloviznando cuando entro a la
ciudadela.
En el
puente de madera de la entrada la gente intenta encajar monedas en 3 troncos
que sobresalen del agua. El cuarto tronco del grupo lo ocupa la escultura de un
conejo.
La entrada a la ciudadela es gratuita. Repetiré al día
siguiente porque no pude visitar la Catedral de San Pedro y San Pablo ni las
cárceles para presos políticos... y porque es agradable pasear por ella, aunque
llueva.
Eso sí: pagué 5 eurazos por subir a la pasarela de la cima
de las murallas pensando que merecería la pena, como el recorrido por las
murallas de Dubrovnik... pero comprendí que no cuando el camino terminó a los
100 metros y vi que la gente paseaba gratis por el exterior, a orillas del
Nievá.
Ya de noche cerrada vuelvo al hostel Mariel, previo paso
por la librería Bookvoed de la Perspectiva Nievski. Allí compro un libro sobre
la ciudad con espléndidas fotos. Además, entra en el saco una colección de
carteles comunistas pedagógicos (contra el alcohol, la pereza, malcriar a los
hijos, etc ...)
En el metro Admiralteyskaya hay una muchedumbre para entrar.
Aunque hay contacto, nadie empuja. El ambiente es relajado y tengo una gran
sensación de seguridad. Probablemente, provienen del espectáculo de la plaza
Dvortsovaya (sonido e imágenes proyectadas en la fachada del Almirantazgo, el
edificio situado en frente del Hermitage)
Llego al
hostal con tal necesidad de mear que entró en el cuarto de baño con las botas,
arriesgándome a una tarjeta amarilla.
4-NOV (lunes)
Aunque es lunes encuentro los bancos cerrados y no puedo
conseguir rublos. Resulta ser festivo: el día de la Unidad Nacional.
En el hostel me indican una oficina de cambio abierta al
lado de la plaza Sennaia. De camino, en el canal Fontanki, encuentro un anciano
caído en el suelo. Durante el medio minuto que tardo en llegar a él intenta
levantarse pero no es capaz. Tiene un poco de sangre en una mano. Cuando llego
a su lado comprendo que está bebido. Le ayudo a levantarse, lo cojo de un brazo
y empezamos a caminar. Se inclina mucho hacia adelante y tengo que hacer fuerza
con el brazo derecho. Cálculo que tengo autonomía para 20 minutos antes de que
se me gangrene. Pasados pocos minutos se acercan 2 jóvenes y preguntan si necesitamos
una mano. Les explico la situación. Le preguntan dónde quiere ir y se encargan
de acompañarlo, sujetándolo uno de cada lado.
En la
oficina de cambio me dan un poco más de 70 rublos por euro, tasa más favorable
que la que me aplicaron en el banco (69,2). Así que les entrego toda la
billetada que llevo encima de forma un poco ostentosa y bilbaina. Con una sonrisa, la cajera me dirige una leve amonestación.
En Sennaya tomo el metro a Gorkovskaya. Voy a la fortaleza, a través de
un parque, para entrar directamente en la Catedral de San Pedro y San Pablo. Las entradas se compran en la
cercana Casa del Barco.
Le indico
a la taquillera que también quiero visitar la cárcel del Bastión de Trubetskoy.
La amable funcionaria me indica que el precio total de ambos tickets supera en
50 rublos el del billete global, que incluye 6 museos y la catedral. Así que me
llevo el pase completo.
El mausoleo de los grandes duques está cerrado por obras
así que sólo se puede visitar la catedral, con sus sarcófagos de zares y
zarinas (desde Pedro el Grande hasta Nicolás II).
Los
restos de Nicolás II, su familia y sus sirvientes, asesinados en
Yekaterimburgo, se encuentran en la capilla de Santa Catalina.
Tras la catedral, visito la cárcel de Trubetskoy,
destinada a presos políticos y de régimen muy duro.
Por aquí pasaron unas 1500 personas; entre ellas, Máximo
Gorki y otros intelectuales por intentar frenar la sangrienta represión a la
manifestación pacífica del 9 de enero de 1905. O Bakunin. O Aleksandar Ilich
Ulianov, hermano mayor de Lenin. Aleksandar fue ahorcado con 21 años y su ejecución
supuso un gran trauma para Lenin, que desarrolló un gran odio hacia los zares.
Desde
luego y con su protagonismo, el karma actuó decididamente contra la familia
imperial.
Cuando me encuentro sólo en una sórdida celda de castigo
sin iluminación comienza a entrar una multitud de adolescentes rusos. La
diminuta celda está atestada pero, aún así, continúan pasando. Cuando no hay
espacio físico para nadie más alguien, desde fuera, hace la bromita de cerrar
la puerta. Y, la que parece ser su profesora, completa el cuadro apagando la
luz exterior, con lo que nos quedamos encerrados, hacinados y totalmente a
oscuras. Afortunadamente, se respira un ambiente distendido y no se produce
ningún ataque de pánico (cuyo probable protagonista hubiera sido yo)
Tras la lúgubre visita al penal, me oxigeno rodeando la
fortaleza por el exterior. Es mi pequeña satisfacción por el sablazo de 5 € del
día anterior. Todo el mundo va muy abrigado salvo un esforzado mozo, que seca
su piel enrojecida tras su baño en el Nievá.
Completo
la excursión propuesta para el segundo día, que quedó inconclusa (puente
Birzhevoy, Universitetskaya, puente Blagoveshchensky, Angliskaya, estatua
ecuestre de Pedro el Grande y catedral de San Isaac).
Vuelvo al hostal dando un rodeo y despidiéndome de lugares conocidos. Al
acostarme compruebo que un (o una) malaje ha violentado la privacidad de mi
litera y se ha llevado el orinal improvisado que yo, previamente, había robado
¡Mal!
5-NOV (martes)
Los huéspedes del hostal son mayoritariamente rusos.
Gente seria y amistosa a la vez. Silenciosos, educados, se acuestan pronto...
Les veo un defecto: también se levantan pronto. A las 7 comienzan a sonar
alarmas de móviles ... y yo no he dormido bien, quizá impresionado por la
prisión de la fortaleza.
Me despido del Hostel Mariel y me encamino desde Borodinskaya
a Sennaya Ploschad. Desde allí puedo coger la línea azul del metro (M2) que me
acerca al aeropuerto sin transbordos.
Al entrar en la estación me hacen pasar por la zona de
control. El funcionario que registra mi equipaje parece antipático y sólo habla
ruso. Con grácil estilo tarzanesco le digo en su idioma que soy español y que
mi ruso es una castaña a lo que él, con una pequeña sonrisa, me despide con un
"Arrivederci!"
No hay nada como saber idiomas, nivel A0
Bajo en Moskovskaya. Dudo sobre la parada del bus 39, que
llega hasta el aeropuerto. Un amable caballero me confirma que me encuentro en
el lugar adecuado. Además, consulta el móvil y me informa de que el objeto de
mi anhelo llegará en un minuto. Entro en la versión más moderna del bus 39, con
una llamativa pantalla que abruma con información en exceso. Pago 40 rublos a
la revisora.
La pantalla muestra la parada "Aeroport", y
parece añadir algo como "Estación de tren". Opto por bajarme ... y ni
veo ni huelo rastro de aviones. Una amable joven me ofrece ayuda, seguramente
al observar mi gesto desolado. Me confirma que esa no es mi parada y aconseja
con vehemencia que no vaya andando.
El siguiente bus 39 no tarda en llegar pero, esta vez, en
versión paleozoica. Pago otros 40 rublos.
Me pongo las gafas y examino la tarjeta de metro, que ya
hizo su trabajo y a la que le quedan 4 viajes. Reparo en que tiene varios
dibujitos: vagón de metro, trolebús, tranvía ... ¡y un autobús! Es una tarjeta
múltiple con la que podría haber pagado estos dos viajes de bus. En resumen: LOL.
En la puerta de embarque se hacen realidad mis peores presagios:
me niegan el embarque con la maleta, dado que no cabe en su mínimo medidor
tamaño XS (con tapa, que debe quedar totalmente cerrada). Los pasajeros se
empiezan a represar con el tapón que provoco.
TAP y Ural Airlines permiten embarcar con mochila y maleta
tamaño Ryanair. Pero las condiciones de Pobeda (pronunciado Pabieda) son más
estrictas: sólo dejan mochilita o bolso. Embarcar con maleta implica una tasa
adicional.
Yo la había pagado pero pensaba que harían la vista gorda
con las dimensiones de mi equipaje. Y "niet".
La trabajadora me ofrece dos alternativas: pagar unas
buenas perras in situ (eventualidad para la que tenía mi plan B: quedarme un
par de días más en San Piter, renunciar a Volgogrado y viajar a Moscú de alguna
manera) o remontar la fila rápidamente como un salmón, pasar a la zona de
inseguridad y facturar la maleta en bodega. Tengo poco tiempo pero ella me dice
que es factible. Así que corro raudo a la casilla de de salida y, en el mostrador
de facturación, la maleta pesa 9,8 kg ¡bien! ¡200 gramos menos del máximo
permitido!
Debo esperar varios minutos en un control antes de volar
hacia la puerta de embarque, ya que la maleta tarda en aparecer facturada. A
pesar de todo, llego con 10 minutos de margen. Incluso algunos lo hacen más
atrasados que yo.
Los aviones de Pobeda tienen mejor aspecto que los de
Ural. Pero su antipática política recaudadora deja los compartimentos con poco
equipaje, un poco tristes.
Aterrizamos en Moscú - Vnúkovo y tengo una espera de 5
horas hasta la conexión con Volgogrado. La trabajadora de información no me
recomienda salir del aeropuerto. Ignoro su consejito ... y no me arrepiento: es
un aeropuerto amigable al que se puede llegar andando.
Camino en
dirección NE hacia la población de Vnúkovo y la rebaso, completando un
agradable paseo de cerca de 5 km (sólo ida) hasta una gasolinera BP.
Se me hace muy agradable ver barro, árboles y casas sin
gran control urbanístico, algunas de ellas de madera. La ostentación y
grandiosidad de San Petersburgo puede empachar.
Vuelvo por el mismo camino y hago una escala para comer en
el restaurante Ekipaz, a 10 minutos ya del aeropuerto.
Pros: rico, nutritivo y barato.
Contras: no tienen wifi, el menú sólo habla ruso y los
trabajadores, ídem. Le pido a un cliente que actúe como intérprete y me salva
de escoger una ensalada con carne. Gracias a él consigo un menú delicioso.
Preferiría haber continuado paseando por un parque
cercano... pero la llovizna me invita a refugiarme en el aeropuerto.
Sigo con suerte: en la zona de seguridad no detectan mi
yogur (se considera líquido) ... o se hacen los eslavos.
Probablemente se trate de esta segunda explicación, pues
localizan 2 botellitas de licor que un pasajero llevaba en el abrigo y, con una
sonrisa de condescendencia, hacen la vista gorda.
La jugada no salió mal: gracias a que la maleta se facturó
a Volgogrado no la tuve que cargar durante la caminata.
Ya en la puerta de embarque, varios pasajeros desesperados
tratan de incrustar su equipaje en el mínimo reducto.
Comprendo su sufrimiento.
Aterrizamos en Volgogrado a las 21:30. En la oficina de
información no hablan inglés pero se acerca una azafata y me indica que el
mejor medio de llegar al centro es el autobús 6 (1 h 15 min de trayecto, según
Maps) ... pero quedan 8 minutos para que salga el último. A primera vista no
encuentro la parada y me dirijo a una familia compuesta de pareja de
sesentones, abuela e hija treintañera. De inglés, nada; pero la madre habla
alemán.
Me ofrecen llevarme a la mitad del trayecto y luego pedir
un "taxi libre". Según ellos, los taxistas del aeropuerto son un poco rapaces. No
obstante, preguntan a uno por el precio de la carrera (800 rublos, razonable en
comparación con la locura madrileña). En el ínterin llega el bus 6, que
se va de vacío porque el conductor no sabe interpretar la baba que cae de mi
boca abierta.
Indico al pater familia (google translator mediante) que,
si no les importa, acepto su amable invitación. Mi decisión provoca una leve
irritación en el taxista. Abandonamos el lugar de los hechos con presteza y las
orejas gachas para capear los improperios.
Me acomodo en el centro del asiento. Con mochila y maleta,
ya que el equipaje de ellos y la silla de ruedas de la abuela ocupan todo el
maletero.
Viajamos juntos unos 10 km y aparcan en una farmacia,
desde la que el padre contacta con el famoso "taxista libre". La
aplicación le indica que llegará en 3 minutos. Efectivamente: aparece mientras
me despido de mis benefactores.
El taxista se llama Antón. Tampoco habla inglés pero
conduce al estilo temerario local mientras consulta la ruta hacia el hostel y
se comunica conmigo mediante el traductor. Tenemos una conversación interesante
en la que me pregunta datos básicos... y si me gustan las chicas rusas.
Llegamos al hostel cuando habíamos pasado plenamente al
nivel de compadreo. La carrera cuesta 280 rublos. Le doy un billete de 500 y su
móvil me traduce "surrender completely?". Deduzco que me pregunta si
renuncio a la vuelta y, como me quedo pensativo, me la entrega. Yo la
reparto como los piratas: billete de 100 para ti, billete de 100 para mí.
En el hostel no ofrecen zapatillas desechables. El
encargado me pide que me quite las botas y añade "please". Por su
tono, lo traduzco como "puedes morir", creo que acertadamente.
Así que
tendré que andar en calcetines.
6-NOV (miércoles)
Salgo del hostel y atravieso la plaza de los Combatientes
Caídos. Me topo con un cambio de guardia en la custodia del Fuego Eterno ...
ejecutada por quinceañeros de ambos sexos. Sonríen entre ellos, se dedican
gestos cómplices y poco marciales... pero la realizan de forma impecable. Al
pie del fuego permanecen firmes y vigilantes dos muchachos asistidos por dos
compañeras. La militarización de la sociedad rusa parece que va en aumento.
Intento sacar una foto pero se bloquea el móvil.
Nunca me había ocurrido y no quiero pensar mal.
Voy a la búsqueda de una oficina de turismo. Google Maps
me indica la casita ocupada por el ministerio de deportes y una funcionaria me
saca de mi error. En ruso, claro.
Un cartel indica que mi objetivo está en la calle Gagarin.
Encuentro otro edificio administrativo y le pregunto a un
trabajador que entra. La verdadera oficina de turismo está justo en frente pero
el funcionario de Cultura lo ignora y me manda al final de la calle. Cuando
ésta se acaba sin resultado positivo abordo a un amable armario policial que,
tras unos minutos de consulta en su móvil, me coloca en la buena senda.
La responsable de la oficina de turismo sólo habla ruso pero
logramos entendernos. Amablemente, me empapela con planos y folletos
indispensables para el turista pedestre.
Me
encamino al Museo de la Batalla de Stalingrado donde paso unas 3 horas. Dispone
de una cafetería donde se puede comer a precios de kamarada.
(periódico
de la Francia ocupada celebrando la caída de Stalingrado)
A la
salida, vagabundeo por el jardín Pobedy (de la Victoria), paralelo al malecón,
y visito la calle Volgodónskaya, que conserva 5 casas supervivientes al
bombardeo nazi.
Ceno en la distinguida pizzería Bontempi. Todo el menú
está en ruso. Una camarera habla un inglés decente pero no consigo comunicarle
mis pretensiones con exactitud. Se levanta un comensal y se ofrece a
interceder. Un cuarentón alto, distinguido y, probablemente, bien situado: me
indica que habitualmente pasa el invierno en Cataluña. Le digo que no
como carne. Examina la carta y me sugiere sopa Minestrone y ensalada Niçoise.
Se sorprende de que desconozca los ingredientes de ambas. Debo de tener poco
mundo aún :-(
Los platos se presentan de forma excelente y la ensalada
incluye trozos de atún al natural.
En los
lavabos, un cartel ruega no dañar el musgo natural de la pared. A los que no
saben ruso les ayuda a comprender una cámara de videovigilancia.
El único defecto apreciable es la decibélica música de
ultravoceadores italianos pop.
En resumen: 17 € por una cena memorable.
Antes de retirarme, paseo por el malecón del Volga y
vuelvo por el parque Pobedy. En él, una estatua representa una enorme bomba
alemana y el fuego que provoca y abrasa la población. Los caminantes la han
incorporado a su ejercicio habitual, la rodean y vuelven a entrar al parque.
En la cocina del hostel una señora mayor, alta y delgada,
me indica que el hervidor de agua no debe dejarse encima de la base, como yo
hice por la mañana. Tiene una fuga de agua que puede provocar un cortocircuito.
Instantes después me pide que quite la ropa y la mochila
que dejé en el sofá distraidamente. Está ocupando su sitio preferido.
Le hago casito y vuelvo al sofá, a consultar el móvil.
Me aborda (se llama Nina) y me dice trabaja como guía. Se
ofrece a acompañarme en mi visita del día siguiente a Mamáyev Kurgán. Declino
su propuesta lo más amablemente que puedo, con el argumento de que prefiero
descubrir las cosas sólo.
Ella me dice que podría aportarme mucha información pero
yo le insisto en que ese no es mi plan.
Comenzamos a hablar de la soledad, la historia, la
economía... y nos extendemos más de una hora.
Cuando todo el mundo está acostado fabrico mi orinal
desechable con un tetrabrick de la papelera. Es un poco inestable pues su base
es cuadrada y un poco abombada. Pero se ajusta perfectamente a una pequeña
mecedora de madera destinada a contener posavasos. Así que, sentando el
tetrabrick en la mecedora construyo una escupidera de emergencia.
7-NOV (jueves)
El día amanece soleado, igual que ayer. Pero hace un poco
más de calor. A medida que camino me voy quitando capas de ropa hasta quedarme
en camiseta de manga larga.
En el parque de los Combatientes Caídos vuelvo a coincidir
con un cambio de guardia de escolares. Me da la sensación de que la pareja de
niños custodia la llama eterna y la de niñas se encarga de que nadie les
incordie y de que ellos estén en perfecto estado de revista.
La pareja
de niñas también es supervisada por otra compañera, que les sonríe y parece
decirles cosas agradables en voz baja. Les retira del uniforme pelos o pelusas
(reales o imaginarios) que podrían menoscabar su gallardía.
Pasado el parque me detengo a la entrada del Almacén
Central Universal, en cuyos sótanos fue detenido el 31-ENE-43 el mariscal
Friedrich Paulus por el Ejército Rojo. Paulus fue uno de los diseñadores de la
Operación Barbarroja para invadir Rusia.
Firmó la
rendición de las tropas bajo su mando.
Me dirijo al molino Gerhardt y a la Casa Pavlov, donde los soldados soviéticos resistieron casi dos meses.
Encuentro cerrado el Museo-Panorama de la Batalla de Stalingrado.
El jueves es día de descanso, así que me quedo sin la camiseta de Putin
cabalgando sobre un oso.
En Ploschad Lenina tomo el Tranvía de Alta Velocidad hasta
Mamáyev Kurgán. En realidad va a velocidad normal pero, al ir soterrado en un
tramo, no tiene que parar en semáforos.
Volgogrado no tiene población suficiente para que el metro
sea imprescindible. Aún así se perforó un túnel. Cuando las autoridades
constataron que el proyecto estaba sobredimensionado, decidieron hacer circular
tranvías.
Encuentro a Nina en las escaleras de acceso a Mamáyev
Kurgán, sentada en un banco a la espera de turistas que soliciten sus explicaciones.
Durante
mi visita coincido con un solemne cambio de guardia en la Llama Eterna. Esta
vez, realizada por soldados adultos. Aunque no por mucho: podrían ser los
hermanos mayores de los adolescentes que velan por el monumento del parque.
La estatua de la Madre Patria llamando a su defensa es la más alta de Europa, con más de 60 metros.
En Mamáyev Kurgán reposan unos 35.000 combatientes. Lo más
impactante es un recinto en la parte más alta, protegido por muros y alambre de
espino, con tubos para evacuación de gases. Deduzco que debajo pueden
hallarse los restos de soldados muertos
en la batalla.
La Batalla de Stalingrado se libró durante 200 días con
sus noches. Una de las más sangrientas de la historia, con un millón de
víctimas. Tras la Operación Anillo del Ejército Rojo los nazis se replegaron y,
finalmente, fueron derrotados.
En mi camino de vuelta me despido de Nina y tomo el falso
metro a Pionerskaya para volver andando al hostel.
Almuerzo en la pizzería Rimini, menos refinada que la
Bontempi pero más económica. Y con platos muy apetecibles.
Caigo en la cuenta de que no he hecho efectivo el
check-out. Se lo indico al responsable (que ya era consciente de ello) y me
cobra medio día más (unos 3 €). Fenomenal: me he librado de tirar de la maleta
en mi excursión matutina, puedo dormir una siesta y pasear antes de ir al
aeropuerto.
Tras una
horita de descanso entro en el Museo de la Memoria, en la calle trasera de los
Almacenes Centrales Universales. Presenta una extraordinaria exposición. En un
ambiente claustrofóbico muestra, entre otras estancias, el estudio del Mariscal
Paulus. En este cuarto se asiste al montaje hiperrealista de la rendición del
militar alemán ante un oficial del Ejército Rojo.
En la librería Kassandra no tienen ediciones en inglés de
libros de la batalla ni de libros turísticos con fotos (ni en español, claro).
Me llevo un atractivo mapa de canales navegables.
Recojo la maleta y camino junto a los Jardines del
Komsomol hacia la Estación Ferroviaria Central. De sus inmediaciones sale el
bus n° 6 que, en una hora, me dejará en el aeropuerto.
En la parada converso con un joven gracias a su móvil. Me
dice que mucha gente se quiere ir de Rusia por motivos economicos.
En Volgogrado hay mucho paro y este año el turismo ha
flojeado. Nina espera que se deba a que la gigantesca estatua de Mamáyev Kurgán
estuvo oculta por restauración hasta finales de octubre. Me felicitó por
encontrarla recién recauchutada.
En la
puerta de embarque, la auxiliar indica en ruso a cada pasajero el número del
autobús al que debe subir. La saludo con "Dobro vece" y ella me
responde sonriendo: "Bus number one". Sus compañeros se ríen.
Sospecho que me escoré hacia el serbio. O, simplemente, me escoré como el Costa
Concordia.
Al llegar a Moscú-Vnúkovo tengo que esperar una hora al
tren Aeroexpress (el máximo tiempo). Por 500 rublos me lleva en treinta minutos
y sin paradas a la estación Kievskaya. Saltando de una línea de metro a otra
llego a Dostoievskaya.
Cuando
emerjo a la calle es la una de la mañana. No encuentro a nadie a quien
preguntar por el camino hacia el hostal. Vislumbro un mozo parado en otra boca
de metro. Casualmente, él también se aloja en el Just Do Hostel. Me cuenta que
es de Krasnoyarsk, a 4000 km de Moscú, en el centro más centrado de Rusia. Está
esperando a un amigo que viene en metro. Cuando éste aparece me acoplo a la
pareja y llego felizmente a mi alojamiento. Me espera un ojeroso pero amable
empleado.
8-NOV (viernes)
No he planificado mi primer día en Moscú. Sólo vagabundeo por el barrio
con la esperanza de descubrir lugares estratégicos, como supermercados.
En el café Liberto desayuno una jarra de té y una tortilla de 2 huevos
con salmón. En un principio me dicen que no pueden facilitarme la clave de la
wifi privada. Pero, tras la intervención de una instancia superior, ésta me es
revelada.
Sigo mi nomadeo por los alrededores. En un supermercado
muy cuqui y delicatessen compro yogur y manzanas. Una vendedora me coloca un
par de piezas de una fruta supuestamente deliciosa y desconocida para mí. Sólo
sé que, maracuyá, no es. Más tarde subrayaré con línea doble lo de
"supuestamente".
En el hostel acceden a darme el password y mi conectividad
se hace verbo.
Descanso
en la cama y, cuando el cuerpo lo pide, se levanta y se dirige a pie hacia el
Museo de la Historia de Rusia. Pensaba que incluiría la Segunda Guerra Mundial,
pero no: abarca desde la prehistoria hasta los tiempos de Nicolás II. Y eso, en
Rusia, es mucho abarcar. De hecho, acabo tan saturado que paso al trote por las
últimas salas.
(El
Rolls Royce de Lenin)
Atravieso la Plaza Roja de noche y continúo por el puente
sobre el Moskva. Los edificios van adquiriendo dimensiones cada vez más
abarcables mentalmente y lo agradezco.
En lugar de volver a patita cojo el metro en
Tretyakovskaya. He quedado a mis 10 para conversar con María y quiero llegar
con tiempo. Cuando avisto el puerto, doy un golpe de timón y enfilo para el café
Liberto porque necesito verdura.
Tras fagocitar una ensalada griega, muy crecido, le pido al camarero
otra más. Varios minutos de espera y comprendo que no llegará: no me hice
entender. Afortunadamente, pues mi estómago comenzó a quejarse por falta de espacio.
9-NOV (sábado)
Me despierto a las 8:30 y a las 8:45 ya estoy en la calle.
Camino
hasta el km 0, en la Plaza Roja, el punto de encuentro de una visita free tour
que reservé a última hora de ayer.
El guía se llama Fabián. Es colombiano y lleva 15 años en el país.
Vamos a la Catedral de Kazán, ya dentro de la plaza pero
cercana a la puerta. Yo ya la conocía por haber entrado para hacer tiempo,
atraído por las delicadas voces del coro de tres mujeres... y por el calorcito
(la sensación térmica es de -2 °C).
La catedral de San Basilio no es ni la sede del Patriarca
Ortodoxo de Moscú ni la catedral principal de la ciudad. Esa preeminencia le
corresponde a la Catedral de Cristo Salvador. Pero tiene una historia curiosa:
Basilio era un indigente que solía circular desnudo (salvo en invierno, que se
cubría con una manta).
Para agradecer la conquista del kanato de Kazán, el zar
Iván el Terrible mandó construir una iglesia para el pueblo (hasta entonces
todas estaban dentro de las murallas del Kremlin).
Basilio dormía en la iglesia en construcción. Curiosamente,
Iván le tenía una enorme consideración y respeto. Cuando Basilio falleció, lo
mando enterrar en la iglesia donde se refugiaba.
De hecho, el mismo zar ayudó a portar el féretro.
Muerto
también Iván, el zarevich no consideró adecuado que los restos de un hombre
vulgar reposaran en la catedral. Así que lo mandó exhumar, canonizar y, ya
santo, enterrarlo de nuevo en el mismo lugar. Además, se erigió una novena
cúpula en su memoria (que deja asimétrica la estructura de la catedral).
Algunas explicaciones se dan en la calle y otras, para
reanimarnos, en espacios cerrados como el centro comercial Gum. En la siguiente
parada outdoor al Gum ya empiezo a tiritar. Quizá, a consecuencia de ello
siento un aura: hablo con una mínima dificultad y mis movimientos son algo
torpes. Se lo achaco a una pequeña subida de tensión: quizá mi cuerpo esté
sometido a un cierto estrés por las bajas temperaturas y el ayuno (es la una y
aún no he tomado nada)
Vuelvo en metro al hostel con cierto aturdimiento. De
camino, tomo un reconfortante tetrabrik de medio litro de kéfir y ya, en mi
refugio, nueces y manzana (que me sintonizan el cuerpo).
Una siesta de 10 minutos me resetea el coco y me siento en
forma para visitar el Museo de la Gran Guerra Patria (o sea: la Segunda Guerra
Mundial. Porque la Guerra Patria, a secas, son las Guerras Napoleónicas).
Fabián me había avisado de que han retirado la instalación
en la que los visitantes deben caminar sobre cruces de hierro y estandartes con
esvásticas ¡ooooh! :-(
Dedico 3 horas al museo. Lo recorro rápido la primera vez,
para asimilar sus dimensiones. Y ya, la segunda, recreándome. La
estrategia resulta un éxito y consigo salir sin sensación de sobresaturación.
Lo que más me impacta son los dioramas de las batallas (con sonido), la
simulación de la toma del Reichstag y haber encontrado al hijo de
Dolores Ibarruri entre los cerca de 12.000 nombres de héroes
distribuidos en 72 columnas de mármol.
Me recojo en el hostel, previa cena en el Liberto: tortilla con salmón, ensalada griega y té por menos de 10 €.
10-NOV (domingo)
Salgo del JustDo y dejo la maleta en el Pasternak. Aún es
pronto para el check-in. Los precios de los dos alojamientos son similares pero
el Pasternak está al lado del Kremlin, es bastante más cutre y su clientela
poco estilosa (gente mayor que come en una bandeja de poliexpán o que llevan la
pechera al aire con la parte inferior de la camisa anudada –porque carece de
botones-.
O, directamente, van desnudos de cintura para arriba).
Me
dirijo al Kremlin. Debo atravesar una carretera de 5
carriles y no encuentro el paso subterráneo. Analizando el semáforo
encuentro
un hueco de 10 segundos... y, en el trance de jugarme la vida como un
ñu, me atruena la sirena de un cocodrilo aparcado y vigilante.
Afortunadamente,
sin multa.
Más
adelante, unos 300 policías jóvenes, de ambos sexos, forman para participar en
un acto oficial dentro del Kremlin.
Dedico la mañana a pasear por el interior de la fortaleza.
Muchas
zonas restringidas (sobre todo, las cercanías al Senado, donde trabaja el
presidente), policías avisando con silbatos a turistas descarriados, iglesias
antiguas visitables y escasas zonas verdes. En el único parque pido un crêpe
con smetana y un chocolate caliente. Aquí empieza mi día de perdición :-)
Salgo a la Plaza Roja. El acceso a la Catedral de San
Basilio está cortado así que retrocedo hasta Nikolskaya, la calle de las luces.
Para ello, rodeo las obras de instalación de la pista de
hielo (que habitualmente se desmonta hacia marzo).
En el Teatro Bolshoi encuentro un enorme despliegue
de seguridad. La gran avenida Teatral’nyy está despejada de coches y los
peatones esperan en la acera. Aparece, fuertemente escoltada y a mucha
velocidad, una limusina corta, negra y con los cristales traseros tintados.
Pregunto a una pareja y el mozo no duda de que dentro viaja el presidente.
Entro en
los lujosos almacenes Gum, la calle Menacho de Moscú. En la planta baja un
fotógrafo profesional se emplea a fondo con una pareja de novios kirguises.
En el piso superior (tercero), en un restaurante italiano,
pido ensalada griega, una porción de pizza y mousse de chocolate.
Ni el servicio, ni la comida, ni el precio resultan
sabrosos.
Desde una ventana del comedero contemplo un baile de gala con veleidades
de tiempos zaristas. Ellos con traje azul, camisa blanca y guantes también
blancos; ellas con vestidos despampanantes de fantasía. Bailan valses, polkas y
salen en pareja a los balcones de su palacio a contemplar la plebe consumiendo.
El restaurante parece un buen lugar para hacer
negocios, donde los viajantes muestran su género (perfumes, caramelos ...)
Saliendo de la Plaza Roja compruebo que quedan 10 minutos
para las 6. Espero en los Jardines de Alejandro a presenciar un cambio de
guardia en la Tumba del Soldado Desconocido.
Ya de noche, vuelvo al hostel a descansar ¡se me pasa la
hora de la siesta! Me quedo enroscado en la cama más de una hora.
Cuando despierto me dedico a preparar la excursión del día
siguiente, que deberá incluir árboles obligatoriamente.
Quizá un
parque urbano o un bosque más salvaje (y alejado), como el de Jimki, con 1000
hectáreas de abedules.
11-NOV (lunes)
Hoy va a ser mi día de respiro para sobreponerme a la
megápolis y recuperarme de tanto pedrusco artísticamente organizado.
Inicialmente pensé en acercarme al bosque de Jimki, víctima
de la autopista a San Petersburgo que lo partió por la mitad.
Finalmente, pongo rumbo de mañanita y en ayunas al embarcadero
de Prichal Setun', dentro de Moscú.
Con la
wifi del hostel cargo el desplazamiento sugerido por Maps, que implica metro y
bus.
El móvil en modo avión va mostrando mi situación. La
bolita azul apenas lleva retraso y Maps va actualizando horarios.
Bajo del bus en Vorob'evskoye Hwy. Cruzo el puente sobre
el Moskova y camino a su vera, por una carretera sin tráfico y con los ojos
llenos de árboles. La situación mejora aún más en Borobyovy Gory (la Colina de
los Gorriones), una zona de agradable bosque con multitud de caminos para
vagabundear. La intervención humana resulta exagerada en los numerosos postes
de 12 focos pero se agradece en las pasarelas de madera que salvan las zonas
más húmedas. Y en las casitas de madera que cuelgan de los árboles: contienen
semillas que atraen a muchos pajaritos desconocidos para mí.
En el bosque de Neskuchny Sad rodeo una charca con patos.
Un ruido
de hojarasca me hace mirar al suelo y descubro una ardilla, con la que comparto
mis nueces bio. Coge una de cada vez y las tramita (comiéndolas o escondiéndolas)
alejándose a un lugar donde se siente segura. Continúo mi ruta y llego a ver
unas 20 ardillas, con su permanente trajín en busca de sustento. Me familiarizo
con el sonido de hojas secas que las delata.
Encuentro un individuo tumbado con el brazo estirado y la mano abierta,
simulando tener comida. Pero la ardilla a la que pretende sacar la foto lo rehuye.
Sin embargo, una chica que pasea con su amiga, se agacha, abre su mano vacía y
consigue engañar una ardilla, que llega a asomarse.
En el Parque Gorki desayuno en el 8 Oz, un acogedor y
refinado restaurante cercano a un estanque al que doy la máxima nota.
Tomo dos deliciosos y elaborados platos a menos de 4 € cada uno (tostada
de salmón y aguacate + babaganush con pan de pita y falafel). Al final, lo más
caro resulta ser el té verde con jazmín (6 € la tetera).
Continúo por el Parque de Gorki, una zona más urbana con museos y más asfalto que tierra.
Cruzó el Moskova hacia la impresionante Catedral de Cristo
Salvador. La recorro dos veces (incluida doble bajada a la cripta) y subo a sus
terrazas para disfrutar de un panorama de Moscú.
En el suelo encuentro un gorro. Lo coloco en un poste frenaturistas para
que espere a su dueño con comodidad. Al salir de la catedral continua allí, le
hago un guiño y se mete en mi zurrón.
(Estremecedor el monumento al albañil desconocido
ante la Catedral de Cristo Salvador).
Vuelvo a pie al hostel y
me regalo una siesta de casi una hora. Cuando despierto, ya ha anochecido.
Tomo el metro hacia el JustDo Hostel de Dostoievskaya para recuperar los
2 tupper mercadoneros que olvidé en el frigo.Me topo con el
recepcionista que me recibió la primera noche, somnoliento. Se sorprende
y me saluda con un "¡Hola!". Al despedirme le deseo mucha suerte con
el negocio: la calidad de las instalaciones ha hecho mi estancia
memorable. Además, el ambiente juvenil es muy agradable.
Vuelvo andando a mi madriguera actual grabando la ruta en wikiloc. Ya
conozco el trayecto y camino con la seguridad de los aborígenes.
Los huéspedes del Pasternak son de edad similar a la mía a diferencia de los del JustDo, que podían tener unos 30 años menos.
12-NOV (martes)
Dedico la mañana a conocer Kolomenskoye, la zona de recreo
veraniego de los zares. A la entrada consigo un detallado plano por menos de 1
€ con el que diseño un recorrido exhaustivo.
Hace frío y se agradecen los "tualets" callejeros gratuitos y
con aire acondicionado.
No entro en iglesias ni en palacios. Prefiero simplemente caminar, ya sea por vaguadas o por la ribera del Moskova.
He desayunado escasamente y noto las baterías bajas. Durante la vuelta
en metro decido echar una siesta en el hostel (pagando medio día
adicional. Y si no han recogido mis sábanas).
Pero antes entro en el restaurante contiguo (Rythm &
Blues) y me doy un homenaje que me deja supervitaminado, con lo que me animo a
viajar directamente al hostel Rus, de Domodedovo.
En el Rythm & Blues, aunque consigo comunicarme
satisfactoriamente con los camareros, un cliente se ofrece a traducir.
Era una trampa: se trata de un gañán cargado de alcohol,
con un inglés regulero. Quiere que le hagan casito y resulta pesado. Me
dice que se llama Denis, que es un soldado de Rusia, cristiano y cátaro. Admira
a los españoles porque son conquistadores. Españoles como Paparushki
(¿Pavarotti? los camareros se tronchan). Me quiere enseñar fotos y vídeos en su
móvil, sin conseguirlo. De su hermana, de su mujer, de su hijo de 5 años.
Un cansino de libro.
Me zafo de él pero se acerca a mi mesa con un brebaje de
alto octanaje que se tomará a mi salud, porque me quiere y desea lo mejor para
mí y para mi familia. Vierte parte de su bebida en mi pantalón. Consigo
ahuyentarlo.
La
siguiente vez me costará más: contraataca con un bebedizo
azul que contiene tabasco. Dice que debo beberlo de un trago en su honor
y parece dispuesto a ofenderse si no lo hago. Le doy un sorbito de
compromiso
pero no consigo su visto bueno.
Entramos en un bucle de sorbitos, desaprobación y
confesiones de amor. Maria me llama y él insiste en participar en nuestra
conversación. Con el pretexto de que quiero hablar con ella en privado escapo
de lo que ya empieza a ser una pesadilla. Los camareros me piden perdón.
Recojo mi equipaje del Pasternak y atravieso el patio con
mi radar a plena potencia para detectar la presencia de Denis con margen para
poder camuflarme al lado de un bajante.
Voy en metro hasta Nagatinskaya y, de ahí, a la estación
de tren de Nizhniye Kotly. Los tornos no admiten mi pase Troika pero una
controladora me ayuda a comprar el billete con tarjeta.
Me escribe en un papelito, con preocupación maternal, la
hora de salida de mi tren y la palabra "Aeroport". El dato de la hora
es importante pues el flujo proveniente de Moscú es constante.
Le enseño mi papel a una pareja de mozo y moza. Hablan un
inglés de nivel parecido al mío y me invitan a que les siga ya que ellos
cogerán el mismo tren.
Además, también se bajarán en Aviationskaya.
Tras llegar a nuestra parada me acompañan hasta la puerta
del Hostel. De camino, vamos charlando sobre Lisboa (la madre de ella trabajaba
para Aeroflot y vivió en esa ciudad), Crimea (nuestras opiniones coinciden)...
La recepcionista del Hostel Rus habla un inglés más
chapucero. Va a la cocina y pide ayuda a una huésped, que me da la información
que necesito y se muestra contenta de poder ayudar. En su ordenador me muestra
el camino hacia el bus del aeropuerto.
Mi vuelo despega a las 9:15 am y ella opina que debería estar
en la parada a las 6:30 (el viaje en bus dura unos 15-20 minutos). Interviene
la muchacha del hostel para hacer valer su opinión: mejor a las 6:00.
Con Maps ensayo mi camino hacia el bus y lo grabo en
Wikiloc. En la parada compruebo los horarios: en torno a la hora recomendada
hay uno a las 6:08.
Decido
tomar el que llega 20 minutos después (con cierta angustia pues no lo aprobaría
la recepcionista)
13-NOV (miércoles)
Me despierto pasadas las 5, antes de que suene la alarma.
Decido levantarme por si eran fundadas las precauciones de antelación y llego a
la parada a la hora más temprana recomendada.
Espero unos minutos y subo a una marshrutska. No es el bus
30 que me indicaron en el hostel pero el conductor asegura que va al
aeropuerto... y acepta pago con tarjeta (fenomenal: sólo tengo euros. De lo
contrario hubiera tenido que probar suerte con el taxi aparcado al lado, que
estaba agazapado al rebusco)
Llego a la puerta de embarque antes de las 6:30, con los
pasajeros del vuelo anterior aún sentados y relajados. Este vuelo a Frankfurt
despega 2 h 10 min antes que el mío.
Creo que soy el primer pasajero de mi vuelo en llegar.
En el vuelo disfruto de mi comida ovolacto y de varios
vasos de té con crema. TAP no limita las bebidas a sus pasajeros y, en Rusia,
me acostumbré al té a discreción de los hosteles.
Mi compañera de asiento es una mujer mayor de Nizhni Novgorod
(Ciudad Nueva de Abajo). Es su primera visita a Portugal, viaja sola y está
emocionada.
En la Terminal Rodoviaria de Sete Rios me cambian el
billete de vuelta a Elvas de las 5 pm por otro para el autobús de las 3. Tengo
2 horas por delante. Me planteo aprovisionarme en el Lidl de la estación de
Jardim Zoológico y comer en un banco, quizá de la estación de bus ... pero
prefiero mimarme en un lugar calentito y cubierto. La primera propuesta de Maps
es el restaurante "Erva", que describe como "orgánico" sin
calificar sus precios. Me dejo guiar por el móvil y llego al hotel Corinthia (5
estrellas; precio medio de la habitación: 150 €).
Un conserje me indica que se trata del restaurante del
hotel y se ofrece a guardarme la maleta. Ya es demasiado tarde para arrepentirse
así que entro dispuesto a disfrutar de la experiencia de que me loncheen
y trituren la cartera.
En el guardarropa me acogen varias capas de ropa.
Los clientes son extranjeros o portugueses pudientes.
Me disculpo ante la camarera por mi aspecto, desaliñado y
sin afeitar. Ella me responde que está tudo bem.
Consigo componer una apetitosa y sofisticada refección
vegetariana (porque el restaurante tiene poco de orgánico y mucho de carnívoro)
por la que no llego a pagar 35 € (propina incluida). Esperaba mayor hecatombe y
salgo satisfecho del envite, aunque más desplumado de lo que me gustaría.
He dormido poco en el vuelo y me duele la cabeza. Otro
conserje del hotel me informa de que la ley les prohibe ofrecer medicamentos a
los clientes. El conductor del autobús tampoco tiene una pastilla que me alivie
y recomienda que pregunte entre el pasaje. Me dirijo a una ventanilla pero sin
éxito.
Al volver al bus, el conductor ya ha conseguido que un
pasajero le facilite un comprimido. No tengo agua pero me indica que "eso
se toma a palo seco, haciendo un poco de saliva, y ya está".
En Elvas me espera la kangoo. La lluvia la ha dejado
resplandeciente. Tras 14 días, arranca a la primera (con el truqui de accionar
los calentadores 5 veces seguidas y bombear gasoil con el acelerador otras 2).
Un viaje de pocos metros al Lidl para conseguir víveres y otro de varios
kilómetros hasta casa, ya de noche.
Antes de acostarse toca zafarrancho de deshacer maleta y mochila.
Y poner una lavadora de ropa sucia.
La ducha y la ropa tendida lo dejo para el día siguiente.
Me acuesto cuando aun quedan 10 horas para el momento
límite de salir al trabajo.
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