29-OCT (martes)

Por la mañana, la doctora Yolanda Piñero me da el alta. Entrego una fotocopia del justificante en el Ministerio de Trabajo, cerca de Clideba, pues tenía cita con la junta médica para el día siguiente.

También voy a Nacex, para asegurarme de que la sucursal de Madrid acudirá hoy a la Central de Visados Rusos a recoger mi pasaporte con el visado.
Mis viajes son en bicicleta, tratando de evitar el tráfico y acercándome al río y a los arbolitos.

Recibo un correo del profesor Pedro Luis Lorenzo en el que me admite como oyente en sus clases ... pero éstas son de 9 a 11 o de 12 a 14 y ya me voy a reincorporar al laboratorio :-(

30-OCT (miércoles)

Hoy es el día de mi vuelta al laboratorio. He tenido una acogida muy cordial, con besitos y abrazos.

Coloco en el macetero del portal un pequeño homenaje al letrerito que un vecino colocó (y que retiraron al día siguiente, junto con la colilla aplastada que lo provocó). 
A continuación, el susodicho cartel y mi sentida muestra de apoyo.


Recojo en Nacex mi pasaporte con el visado para Rusia.


Me llama Encarni, de Canal Extremadura. Rosa, de Valencia de Alcántara, le dio mi contacto. Quieren realizar un programa sobre formas alternativas de alimentarse y les resulta interesante el planteamiento LCHF.  Pero el programa se emite la semana siguiente y le digo que puede ser que me encuentre en Rusia. Me pide que le dé el teléfono de alguien que siga esa alimentación y, al hablarle de Eva, me dice que tiene un "perfilazo" (por haber perdido 14 kg comiendo de forma saludable con los alimentos que le gustan). Ni Cristina ni Reme se animan.

31-OCT (jueves)

Me encuentro en el trabajo con Jesús. Intuyo que quiere darme un abrazo. Yo le extiendo la mano y él, en un primer momento hace el ademán de estrechármela. Pero, al final, me da un abrazo con palmaditas en la espalda. 
Durante nuestra conversación sale a relucir que el doctor Vicente Ledesma es cuñado suyo (el internista que me atendió en el HPS).

A la hora del recreo voy a casa a hacer la maleta y a las 12 estoy en el HUB, ante la puerta de la consulta del Dr. Aguirre (neurólogo). 
El doctor me dice que puedo hacer vida normal y que no ve inconveniente en que vuele a Rusia.
También me dice que, para retirar el Keppra, hay que hacer un nuevo EEG ... y que aún está demasiado reciente el anterior para realizarlo.
También recibo una cita para que la neuropsicologa evalúe mi pérdida de memoria.

Vuelvo al laboratorio y dedico el resto de la mañana a pedir vacaciones, realizar checkines, reservar alojamientos, etc.

En casa, como apresuradamente y acabo de hacer la maleta. Voy a Elvas en la Kangoo pues he decidido ir a Lisboa en autobús.
Después de aparcar veo la carrinhosa de María y, al llegar a la estación, su figurita. Ha venido a despedirme. Pasamos abrazados y emocionados los diez minutos escasos que quedan hasta la salida del autobús.

Puntos en contra de viajar en bus: ruiditos electrónicos variados y abundantes (como los del wasap) conversaciones telefónicas, ruido de bolsas de chucherías estrujadas, en las 3 horas de viaje no se hacen paradas para ir al cuarto de baño...

Había decidido ir andando desde Sete Ríos hasta el aeropuerto. Pero el camino propuesto son carreteras con mucho tráfico y opto por el metro. Había olvidado que llevaba una tarjeta en la cartera y compro una nueva. Me distraigo con el wasap, informando a los amigos de mis andanzas, y me paso dos estaciones de la conexión de São Sebastião.

En la fila de embarque hablo con una María somnolienta y ya dentro del avión la vuelvo a llamar para darnos un besito de buenas noches.

1-NOV (viernes)


El vuelo nocturno LIS - DME (Lisboa - Moscú, Domodedovo) dura 5 horas y media. Consigo dormir la mitad del trayecto.
Los asientos no permiten posturas cómodas y, aunque se venga pertrechado de tapones, antifaz y almohada cervical no se consigue descansar bien.

A eso de la una de la madrugada, a 10.000 m de altura y -50 °C en el exterior, la TAP incluye espinacas en mi cena ovolactovegeta. Tensión para el convaleciente (fue lo último que comí antes de la crisis epiléptica que me llevó al hospital)
 
Llegamos a Moscú un poco después del amanecer.
 
 
Sin salir de Domodedovo subo al avión que me llevará a San Petersburgo (LED - Púlkovo). Antes del despegue y durante el vuelo consigo dormir un poco.

En el aeropuerto de Púlkovo, el amable joven del puesto de información me explica en español cómo llegar al Hostel Mariel por 0,85 €.
Es un viaje de media hora que implica bus y metro.
 
 
Tomo posesión de mi litera y duermo una siesta de 2 horas. A las 6, de noche, doy una vuelta por la ciudad a buen paso (caminata en wikiloc). Estamos a -1 °C.
 
 
(En Perspectiva Nievski -Nevski Prospekt-, con la nariz roja)

En el hostel ceno frugalmente. Los viajeros son jóvenes y amables. Saben que soy español. El que me dijo esta mañana "simpático" y "fantástico" me ha dicho ahora "buenas noches". Otro me ha ofrecido chocolate. Le he contado que no tomo azúcar y me preguntó por qué. Tras explicarle que pienso que es perjudicial me ha invitado a muesli azucarado y no he tenido más remedio que tomar un poco.

2-NOV (sábado)

Dedico la mañana a pasear y visitar el museo del Sitio de Leningrado.
 
A la salida me refugio del frío en un agradable café.
 
 
Continúo recorriendo la ciudad y desayuno a las 4 de la tarde en el restaurante Kakha. Los camareros son rusos y llevan camisetas con palabras georgianas aleatorias. En la del que me lo cuenta pone "verano".

Sigo con la caminata que el folleto turístico dedica al primer día en San Petersburgo.
 
 
(La Catedral de la Sangre Derramada)

En la fachada del Palacio del Estado Mayor proyectan imágenes espectaculares acompañadas de música electrónica. La gente llena la plaza en cada sesión y la desaloja bajo el arco que da a Nevski Prospekt. Da la sensación de ir en manifestación.

3-NOV (domingo)

Camino hasta la Plaza Sennaia y, antes de entrar en el metro, recorro su perímetro. De un grupo de tres malandros se me acerca uno. Le huele el aliento a alcohol y me pide 100 rublos para comer. Lo ignoro y me va dando empujoncitos pero no me resulta intimidatorio. Pasados 10 metros, desiste.
 
 
Bajo en Gorkovskaya y visito la mezquita. Un remanso de paz al lado de las atestadas y recargadas iglesias ortodoxas. Pocos fieles, poca luz, muchas alfombras y mucho recogimiento.
 

Entro en el Museo de Historia Política de Rusia. No llego a pagar el billete pero sí compro un folleto sobre el Ejército Rojo por 100 rublos.

Paso por la Casita de Pedro el Grande (¿cabría en ella?). El precio para entrar me parece elevado. Le pido a la señora taquillera el papelito explicativo, por si me animo. Pero me dice que "niet": si no hay entrada no hay papelito.

Hay una gran cola para subir al crucero Aurora y piden 7 euros para entrar. Me quedo fuera y solucionó el problema con una selfie en la que sale medio barco.

 


Me dirijo a Zayachy Ostrov, la Isla de los Conejos, para conocer la fortaleza. Con la entrada a la vista comprendo que tengo un apretón inaplazable y entro en un distinguido restaurante-terraza. En principio, pido un té. Pero, finalmente, se impone el sacrificio y quedarse a comer unas reconfortantes viandas (medio litro de té caliente, crema de champiñón y ensalada caliente de salmón), por las que me quitan 20 €.

Está anocheciendo y lloviznando cuando entro a la ciudadela.
En el puente de madera de la entrada la gente intenta encajar monedas en 3 troncos que sobresalen del agua. El cuarto tronco del grupo lo ocupa la escultura de un conejo.
 

La entrada a la ciudadela es gratuita. Repetiré al día siguiente porque no pude visitar la Catedral de San Pedro y San Pablo ni las cárceles para presos políticos... y porque es agradable pasear por ella, aunque llueva.
Eso sí: pagué 5 eurazos por subir a la pasarela de la cima de las murallas pensando que merecería la pena, como el recorrido por las murallas de Dubrovnik... pero comprendí que no cuando el camino terminó a los 100 metros y vi que la gente paseaba gratis por el exterior, a orillas del Nievá.

Ya de noche cerrada vuelvo al hostel Mariel, previo paso por la librería Bookvoed de la Perspectiva Nievski. Allí compro un libro sobre la ciudad con espléndidas fotos. Además, entra en el saco una colección de carteles comunistas pedagógicos (contra el alcohol, la pereza, malcriar a los hijos, etc ...)

En el metro Admiralteyskaya hay una muchedumbre para entrar. Aunque hay contacto, nadie empuja. El ambiente es relajado y tengo una gran sensación de seguridad. Probablemente, provienen del espectáculo de la plaza Dvortsovaya (sonido e imágenes proyectadas en la fachada del Almirantazgo, el edificio situado en frente del Hermitage)

Llego al hostal con tal necesidad de mear que entró en el cuarto de baño con las botas, arriesgándome a una tarjeta amarilla.

4-NOV (lunes)


Aunque es lunes encuentro los bancos cerrados y no puedo conseguir rublos. Resulta ser festivo: el día de la Unidad Nacional.

En el hostel me indican una oficina de cambio abierta al lado de la plaza Sennaia. De camino, en el canal Fontanki, encuentro un anciano caído en el suelo. Durante el medio minuto que tardo en llegar a él intenta levantarse pero no es capaz. Tiene un poco de sangre en una mano. Cuando llego a su lado comprendo que está bebido. Le ayudo a levantarse, lo cojo de un brazo y empezamos a caminar. Se inclina mucho hacia adelante y tengo que hacer fuerza con el brazo derecho. Cálculo que tengo autonomía para 20 minutos antes de que se me gangrene. Pasados pocos minutos se acercan 2 jóvenes y preguntan si necesitamos una mano. Les explico la situación. Le preguntan dónde quiere ir y se encargan de acompañarlo, sujetándolo uno de cada lado.

En la oficina de cambio me dan un poco más de 70 rublos por euro, tasa más favorable que la que me aplicaron en el banco (69,2). Así que les entrego toda la billetada que llevo encima de forma un poco ostentosa y bilbaina. Con una sonrisa, la cajera me dirige una leve amonestación.

En Sennaya tomo el metro a Gorkovskaya. Voy a la fortaleza, a través de un parque, para entrar directamente en la Catedral de San Pedro y San Pablo. Las entradas se compran en la cercana Casa del Barco.
Le indico a la taquillera que también quiero visitar la cárcel del Bastión de Trubetskoy. La amable funcionaria me indica que el precio total de ambos tickets supera en 50 rublos el del billete global, que incluye 6 museos y la catedral. Así que me llevo el pase completo.
 
 

El mausoleo de los grandes duques está cerrado por obras así que sólo se puede visitar la catedral, con sus sarcófagos de zares y zarinas (desde Pedro el Grande hasta Nicolás II).

Los restos de Nicolás II, su familia y sus sirvientes, asesinados en Yekaterimburgo, se encuentran en la capilla de Santa Catalina.
 

Tras la catedral, visito la cárcel de Trubetskoy, destinada a presos políticos y de régimen muy duro. 
Por aquí pasaron unas 1500 personas; entre ellas, Máximo Gorki y otros intelectuales por intentar frenar la sangrienta represión a la manifestación pacífica del 9 de enero de 1905. O Bakunin. O Aleksandar Ilich Ulianov, hermano mayor de Lenin. Aleksandar fue ahorcado con 21 años y su ejecución supuso un gran trauma para Lenin, que desarrolló un gran odio hacia los zares.

Desde luego y con su protagonismo, el karma actuó decididamente contra la familia imperial.

 


Cuando me encuentro sólo en una sórdida celda de castigo sin iluminación comienza a entrar una multitud de adolescentes rusos. La diminuta celda está atestada pero, aún así, continúan pasando. Cuando no hay espacio físico para nadie más alguien, desde fuera, hace la bromita de cerrar la puerta. Y, la que parece ser su profesora, completa el cuadro apagando la luz exterior, con lo que nos quedamos encerrados, hacinados y totalmente a oscuras. Afortunadamente, se respira un ambiente distendido y no se produce ningún ataque de pánico (cuyo probable protagonista hubiera sido yo)

Tras la lúgubre visita al penal, me oxigeno rodeando la fortaleza por el exterior. Es mi pequeña satisfacción por el sablazo de 5 € del día anterior. Todo el mundo va muy abrigado salvo un esforzado mozo, que seca su piel enrojecida tras su baño en el Nievá. 
 
Completo la excursión propuesta para el segundo día, que quedó inconclusa (puente Birzhevoy, Universitetskaya, puente Blagoveshchensky, Angliskaya, estatua ecuestre de Pedro el Grande y catedral de San Isaac).
 
Vuelvo al hostal dando un rodeo y despidiéndome de lugares conocidos. Al acostarme compruebo que un (o una) malaje ha violentado la privacidad de mi litera y se ha llevado el orinal improvisado que yo, previamente, había robado ¡Mal!

5-NOV (martes)

Los huéspedes del hostal son mayoritariamente rusos. Gente seria y amistosa a la vez. Silenciosos, educados, se acuestan pronto... Les veo un defecto: también se levantan pronto. A las 7 comienzan a sonar alarmas de móviles ... y yo no he dormido bien, quizá impresionado por la prisión de la fortaleza.

Me despido del Hostel Mariel y me encamino desde Borodinskaya a Sennaya Ploschad. Desde allí puedo coger la línea azul del metro (M2) que me acerca al aeropuerto sin transbordos. 
Al entrar en la estación me hacen pasar por la zona de control. El funcionario que registra mi equipaje parece antipático y sólo habla ruso. Con grácil estilo tarzanesco le digo en su idioma que soy español y que mi ruso es una castaña a lo que él, con una pequeña sonrisa, me despide con un "Arrivederci!"
No hay nada como saber idiomas, nivel A0

Bajo en Moskovskaya. Dudo sobre la parada del bus 39, que llega hasta el aeropuerto. Un amable caballero me confirma que me encuentro en el lugar adecuado. Además, consulta el móvil y me informa de que el objeto de mi anhelo llegará en un minuto. Entro en la versión más moderna del bus 39, con una llamativa pantalla que abruma con información en exceso. Pago 40 rublos a la revisora.
La pantalla muestra la parada "Aeroport", y parece añadir algo como "Estación de tren". Opto por bajarme ... y ni veo ni huelo rastro de aviones. Una amable joven me ofrece ayuda, seguramente al observar mi gesto desolado. Me confirma que esa no es mi parada y aconseja con vehemencia que no vaya andando.
El siguiente bus 39 no tarda en llegar pero, esta vez, en versión paleozoica. Pago otros 40 rublos.
Me pongo las gafas y examino la tarjeta de metro, que ya hizo su trabajo y a la que le quedan 4 viajes. Reparo en que tiene varios dibujitos: vagón de metro, trolebús, tranvía ... ¡y un autobús! Es una tarjeta múltiple con la que podría haber pagado estos dos viajes de bus. En resumen: LOL.

En la puerta de embarque se hacen realidad mis peores presagios: me niegan el embarque con la maleta, dado que no cabe en su mínimo medidor tamaño XS (con tapa, que debe quedar totalmente cerrada). Los pasajeros se empiezan a represar con el tapón que provoco.

TAP y Ural Airlines permiten embarcar con mochila y maleta tamaño Ryanair. Pero las condiciones de Pobeda (pronunciado Pabieda) son más estrictas: sólo dejan mochilita o bolso. Embarcar con maleta implica una tasa adicional. 
Yo la había pagado pero pensaba que harían la vista gorda con las dimensiones de mi equipaje. Y "niet".
La trabajadora me ofrece dos alternativas: pagar unas buenas perras in situ (eventualidad para la que tenía mi plan B: quedarme un par de días más en San Piter, renunciar a Volgogrado y viajar a Moscú de alguna manera) o remontar la fila rápidamente como un salmón, pasar a la zona de inseguridad y facturar la maleta en bodega. Tengo poco tiempo pero ella me dice que es factible. Así que corro raudo a la casilla de de salida y, en el mostrador de facturación, la maleta pesa 9,8 kg ¡bien! ¡200 gramos menos del máximo permitido! 

Debo esperar varios minutos en un control antes de volar hacia la puerta de embarque, ya que la maleta tarda en aparecer facturada. A pesar de todo, llego con 10 minutos de margen. Incluso algunos lo hacen más atrasados que yo.

Los aviones de Pobeda tienen mejor aspecto que los de Ural. Pero su antipática política recaudadora deja los compartimentos con poco equipaje, un poco tristes.

Aterrizamos en Moscú - Vnúkovo y tengo una espera de 5 horas hasta la conexión con Volgogrado. La trabajadora de información no me recomienda salir del aeropuerto. Ignoro su consejito ... y no me arrepiento: es un aeropuerto amigable al que se puede llegar andando.
Camino en dirección NE hacia la población de Vnúkovo y la rebaso, completando un agradable paseo de cerca de 5 km (sólo ida) hasta una gasolinera BP.

Se me hace muy agradable ver barro, árboles y casas sin gran control urbanístico, algunas de ellas de madera. La ostentación y grandiosidad de San Petersburgo puede empachar.

Vuelvo por el mismo camino y hago una escala para comer en el restaurante Ekipaz, a 10 minutos ya del aeropuerto. 
Pros: rico, nutritivo y barato. 
Contras: no tienen wifi, el menú sólo habla ruso y los trabajadores, ídem. Le pido a un cliente que actúe como intérprete y me salva de escoger una ensalada con carne. Gracias a él consigo un menú delicioso.

Preferiría haber continuado paseando por un parque cercano... pero la llovizna me invita a refugiarme en el aeropuerto.
Sigo con suerte: en la zona de seguridad no detectan mi yogur (se considera líquido) ... o se hacen los eslavos.
Probablemente se trate de esta segunda explicación, pues localizan 2 botellitas de licor que un pasajero llevaba en el abrigo y, con una sonrisa de condescendencia, hacen la vista gorda.

La jugada no salió mal: gracias a que la maleta se facturó a Volgogrado no la tuve que cargar durante la caminata.

Ya en la puerta de embarque, varios pasajeros desesperados tratan de incrustar su equipaje en el mínimo reducto.
Comprendo su sufrimiento.

Aterrizamos en Volgogrado a las 21:30. En la oficina de información no hablan inglés pero se acerca una azafata y me indica que el mejor medio de llegar al centro es el autobús 6 (1 h 15 min de trayecto, según Maps) ... pero quedan 8 minutos para que salga el último. A primera vista no encuentro la parada y me dirijo a una familia compuesta de pareja de sesentones, abuela e hija treintañera. De inglés, nada; pero la madre habla alemán.
Me ofrecen llevarme a la mitad del trayecto y luego pedir un "taxi libre". Según ellos, los taxistas del aeropuerto son un poco rapaces. No obstante, preguntan a uno por el precio de la carrera (800 rublos, razonable en comparación con la locura madrileña).  En el ínterin llega el bus 6, que se va de vacío porque el conductor no sabe interpretar la baba que cae de mi boca abierta. 
Indico al pater familia (google translator mediante) que, si no les importa, acepto su amable invitación. Mi decisión provoca una leve irritación en el taxista. Abandonamos el lugar de los hechos con presteza y las orejas gachas para capear los improperios.
Me acomodo en el centro del asiento. Con mochila y maleta, ya que el equipaje de ellos y la silla de ruedas de la abuela ocupan todo el maletero. 
Viajamos juntos unos 10 km y aparcan en una farmacia, desde la que el padre contacta con el famoso "taxista libre". La aplicación le indica que llegará en 3 minutos. Efectivamente: aparece mientras me despido de mis benefactores.

El taxista se llama Antón. Tampoco habla inglés pero conduce al estilo temerario local mientras consulta la ruta hacia el hostel y se comunica conmigo mediante el traductor. Tenemos una conversación interesante en la que me pregunta datos básicos... y si me gustan las chicas rusas. 

Llegamos al hostel cuando habíamos pasado plenamente al nivel de compadreo. La carrera cuesta 280 rublos. Le doy un billete de 500 y su móvil me traduce "surrender completely?". Deduzco que me pregunta si renuncio a la vuelta y, como me quedo pensativo, me la entrega. Yo la reparto como los piratas: billete de 100 para ti, billete de 100 para mí.

En el hostel no ofrecen zapatillas desechables. El encargado me pide que me quite las botas y añade "please". Por su tono, lo traduzco como "puedes morir", creo que acertadamente.
Así que tendré que andar en calcetines.

6-NOV (miércoles)

Salgo del hostel y atravieso la plaza de los Combatientes Caídos. Me topo con un cambio de guardia en la custodia del Fuego Eterno ... ejecutada por quinceañeros de ambos sexos. Sonríen entre ellos, se dedican gestos cómplices y poco marciales... pero la realizan de forma impecable. Al pie del fuego permanecen firmes y vigilantes dos muchachos asistidos por dos compañeras. La militarización de la sociedad rusa parece que va en aumento. Intento sacar una foto pero se bloquea el móvil.
Nunca me había ocurrido y no quiero pensar mal.

Voy a la búsqueda de una oficina de turismo. Google Maps me indica la casita ocupada por el ministerio de deportes y una funcionaria me saca de mi error. En ruso, claro.

Un cartel indica que mi objetivo está en la calle Gagarin.
Encuentro otro edificio administrativo y le pregunto a un trabajador que entra. La verdadera oficina de turismo está justo en frente pero el funcionario de Cultura lo ignora y me manda al final de la calle. Cuando ésta se acaba sin resultado positivo abordo a un amable armario policial que, tras unos minutos de consulta en su móvil, me coloca en la buena senda.

La responsable de la oficina de turismo sólo habla ruso pero logramos entendernos. Amablemente, me empapela con planos y folletos indispensables para el turista pedestre.

Me encamino al Museo de la Batalla de Stalingrado donde paso unas 3 horas. Dispone de una cafetería donde se puede comer a precios de kamarada.


(periódico de la Francia ocupada celebrando la caída de Stalingrado)

A la salida, vagabundeo por el jardín Pobedy (de la Victoria), paralelo al malecón, y visito la calle Volgodónskaya, que conserva 5 casas supervivientes al bombardeo nazi.
 

Ceno en la distinguida pizzería Bontempi. Todo el menú está en ruso. Una camarera habla un inglés decente pero no consigo comunicarle mis pretensiones con exactitud. Se levanta un comensal y se ofrece a interceder. Un cuarentón alto, distinguido y, probablemente, bien situado: me indica que habitualmente pasa el invierno en Cataluña. Le digo que no como carne. Examina la carta y me sugiere sopa Minestrone y ensalada Niçoise. Se sorprende de que desconozca los ingredientes de ambas. Debo de tener poco mundo aún :-(

Los platos se presentan de forma excelente y la ensalada incluye trozos de atún al natural. 

En los lavabos, un cartel ruega no dañar el musgo natural de la pared. A los que no saben ruso les ayuda a comprender una cámara de videovigilancia.

 

El único defecto apreciable es la decibélica música de ultravoceadores italianos pop.
En resumen: 17 € por una cena memorable.

Antes de retirarme, paseo por el malecón del Volga y vuelvo por el parque Pobedy. En él, una estatua representa una enorme bomba alemana y el fuego que provoca y abrasa la población. Los caminantes la han incorporado a su ejercicio habitual, la rodean y vuelven a entrar al parque.

En la cocina del hostel una señora mayor, alta y delgada, me indica que el hervidor de agua no debe dejarse encima de la base, como yo hice por la mañana. Tiene una fuga de agua que puede provocar un cortocircuito.

Instantes después me pide que quite la ropa y la mochila que dejé en el sofá distraidamente. Está ocupando su sitio preferido.
Le hago casito y vuelvo al sofá, a consultar el móvil.
Me aborda (se llama Nina) y me dice trabaja como guía. Se ofrece a acompañarme en mi visita del día siguiente a Mamáyev Kurgán. Declino su propuesta lo más amablemente que puedo, con el argumento de que prefiero descubrir las cosas sólo.
Ella me dice que podría aportarme mucha información pero yo le insisto en que ese no es mi plan.

Comenzamos a hablar de la soledad, la historia, la economía... y nos extendemos más de una hora.

Cuando todo el mundo está acostado fabrico mi orinal desechable con un tetrabrick de la papelera. Es un poco inestable pues su base es cuadrada y un poco abombada. Pero se ajusta perfectamente a una pequeña mecedora de madera destinada a contener posavasos. Así que, sentando el tetrabrick en la mecedora construyo una escupidera de emergencia.

7-NOV (jueves)

El día amanece soleado, igual que ayer. Pero hace un poco más de calor. A medida que camino me voy quitando capas de ropa hasta quedarme en camiseta de manga larga.

En el parque de los Combatientes Caídos vuelvo a coincidir con un cambio de guardia de escolares. Me da la sensación de que la pareja de niños custodia la llama eterna y la de niñas se encarga de que nadie les incordie y de que ellos estén en perfecto estado de revista.
La pareja de niñas también es supervisada por otra compañera, que les sonríe y parece decirles cosas agradables en voz baja. Les retira del uniforme pelos o pelusas (reales o imaginarios) que podrían menoscabar su gallardía.
 

Pasado el parque me detengo a la entrada del Almacén Central Universal, en cuyos sótanos fue detenido el 31-ENE-43 el mariscal Friedrich Paulus por el Ejército Rojo. Paulus fue uno de los diseñadores de la Operación Barbarroja para invadir Rusia.
Firmó la rendición de las tropas bajo su mando.
 

Me dirijo al molino Gerhardt y a la Casa Pavlov, donde los soldados soviéticos resistieron casi dos meses.


Encuentro cerrado el Museo-Panorama de la Batalla de Stalingrado. El jueves es día de descanso, así que me quedo sin la camiseta de Putin cabalgando sobre un oso.

En Ploschad Lenina tomo el Tranvía de Alta Velocidad hasta Mamáyev Kurgán. En realidad va a velocidad normal pero, al ir soterrado en un tramo, no tiene que parar en semáforos.
Volgogrado no tiene población suficiente para que el metro sea imprescindible. Aún así se perforó un túnel. Cuando las autoridades constataron que el proyecto estaba sobredimensionado, decidieron hacer circular tranvías.

Encuentro a Nina en las escaleras de acceso a Mamáyev Kurgán, sentada en un banco a la espera de turistas que soliciten sus explicaciones.

Durante mi visita coincido con un solemne cambio de guardia en la Llama Eterna. Esta vez, realizada por soldados adultos. Aunque no por mucho: podrían ser los hermanos mayores de los adolescentes que velan por el monumento del parque.
 

La estatua de la Madre Patria llamando a su defensa es la más alta de Europa, con más de 60 metros.
 


En Mamáyev Kurgán reposan unos 35.000 combatientes. Lo más impactante es un recinto en la parte más alta, protegido por muros y alambre de espino, con tubos para evacuación de gases. Deduzco que debajo pueden hallarse  los restos de soldados muertos en la batalla.

La Batalla de Stalingrado se libró durante 200 días con sus noches. Una de las más sangrientas de la historia, con un millón de víctimas. Tras la Operación Anillo del Ejército Rojo los nazis se replegaron y, finalmente, fueron derrotados.

En mi camino de vuelta me despido de Nina y tomo el falso metro a Pionerskaya para volver andando al hostel.
Almuerzo en la pizzería Rimini, menos refinada que la Bontempi pero más económica. Y con platos muy apetecibles.

Caigo en la cuenta de que no he hecho efectivo el check-out. Se lo indico al responsable (que ya era consciente de ello) y me cobra medio día más (unos 3 €). Fenomenal: me he librado de tirar de la maleta en mi excursión matutina, puedo dormir una siesta y pasear antes de ir al aeropuerto.

Tras una horita de descanso entro en el Museo de la Memoria, en la calle trasera de los Almacenes Centrales Universales. Presenta una extraordinaria exposición. En un ambiente claustrofóbico muestra, entre otras estancias, el estudio del Mariscal Paulus. En este cuarto se asiste al montaje hiperrealista de la rendición del militar alemán ante un oficial del Ejército Rojo.

 


En la librería Kassandra no tienen ediciones en inglés de libros de la batalla ni de libros turísticos con fotos (ni en español, claro). Me llevo un atractivo mapa de canales navegables.
Recojo la maleta y camino junto a los Jardines del Komsomol hacia la Estación Ferroviaria Central. De sus inmediaciones sale el bus n° 6 que, en una hora, me dejará en el aeropuerto.
En la parada converso con un joven gracias a su móvil. Me dice que mucha gente se quiere ir de Rusia por motivos economicos. 
En Volgogrado hay mucho paro y este año el turismo ha flojeado. Nina espera que se deba a que la gigantesca estatua de Mamáyev Kurgán estuvo oculta por restauración hasta finales de octubre. Me felicitó por encontrarla recién recauchutada.

En la puerta de embarque, la auxiliar indica en ruso a cada pasajero el número del autobús al que debe subir. La saludo con "Dobro vece" y ella me responde sonriendo: "Bus number one". Sus compañeros se ríen. Sospecho que me escoré hacia el serbio. O, simplemente, me escoré como el Costa Concordia.



Al llegar a Moscú-Vnúkovo tengo que esperar una hora al tren Aeroexpress (el máximo tiempo). Por 500 rublos me lleva en treinta minutos y sin paradas a la estación Kievskaya. Saltando de una línea de metro a otra llego a Dostoievskaya.
Cuando emerjo a la calle es la una de la mañana. No encuentro a nadie a quien preguntar por el camino hacia el hostal. Vislumbro un mozo parado en otra boca de metro. Casualmente, él también se aloja en el Just Do Hostel. Me cuenta que es de Krasnoyarsk, a 4000 km de Moscú, en el centro más centrado de Rusia. Está esperando a un amigo que viene en metro. Cuando éste aparece me acoplo a la pareja y llego felizmente a mi alojamiento. Me espera un ojeroso pero amable empleado.

8-NOV (viernes)

No he planificado mi primer día en Moscú. Sólo vagabundeo por el barrio con la esperanza de descubrir lugares estratégicos, como supermercados.

 
En el café Liberto desayuno una jarra de té y una tortilla de 2 huevos con salmón. En un principio me dicen que no pueden facilitarme la clave de la wifi privada. Pero, tras la intervención de una instancia superior, ésta me es revelada.


Sigo mi nomadeo por los alrededores. En un supermercado muy cuqui y delicatessen compro yogur y manzanas. Una vendedora me coloca un par de piezas de una fruta supuestamente deliciosa y desconocida para mí. Sólo sé que, maracuyá, no es. Más tarde subrayaré con línea doble lo de "supuestamente".

En el hostel acceden a darme el password y mi conectividad se hace verbo.

Descanso en la cama y, cuando el cuerpo lo pide, se levanta y se dirige a pie hacia el Museo de la Historia de Rusia. Pensaba que incluiría la Segunda Guerra Mundial, pero no: abarca desde la prehistoria hasta los tiempos de Nicolás II. Y eso, en Rusia, es mucho abarcar. De hecho, acabo tan saturado que paso al trote por las últimas salas.

(El Rolls Royce de Lenin)

Atravieso la Plaza Roja de noche y continúo por el puente sobre el Moskva. Los edificios van adquiriendo dimensiones cada vez más abarcables mentalmente y lo agradezco. 

En lugar de volver a patita cojo el metro en Tretyakovskaya. He quedado a mis 10 para conversar con María y quiero llegar con tiempo. Cuando avisto el puerto, doy un golpe de timón y enfilo para el café Liberto porque necesito verdura.
Tras fagocitar una ensalada griega, muy crecido, le pido al camarero otra más. Varios minutos de espera y comprendo que no llegará: no me hice entender. Afortunadamente, pues mi estómago comenzó a quejarse por falta de espacio.

9-NOV (sábado)

Me despierto a las 8:30 y a las 8:45 ya estoy en la calle.
Camino hasta el km 0, en la Plaza Roja, el punto de encuentro de una visita free tour que reservé a última hora de ayer.
 
 
El guía se llama Fabián. Es colombiano y lleva 15 años en el país.

 
Vamos a la Catedral de Kazán, ya dentro de la plaza pero cercana a la puerta. Yo ya la conocía por haber entrado para hacer tiempo, atraído por las delicadas voces del coro de tres mujeres... y por el calorcito (la sensación térmica es de -2 °C).

La catedral de San Basilio no es ni la sede del Patriarca Ortodoxo de Moscú ni la catedral principal de la ciudad. Esa preeminencia le corresponde a la Catedral de Cristo Salvador. Pero tiene una historia curiosa: Basilio era un indigente que solía circular desnudo (salvo en invierno, que se cubría con una manta).
Para agradecer la conquista del kanato de Kazán, el zar Iván el Terrible mandó construir una iglesia para el pueblo (hasta entonces todas estaban dentro de las murallas del Kremlin).
Basilio dormía en la iglesia en construcción. Curiosamente, Iván le tenía una enorme consideración y respeto. Cuando Basilio falleció, lo mando enterrar en la iglesia donde se refugiaba.
De hecho, el mismo zar ayudó a portar el féretro.
Muerto también Iván, el zarevich no consideró adecuado que los restos de un hombre vulgar reposaran en la catedral. Así que lo mandó exhumar, canonizar y, ya santo, enterrarlo de nuevo en el mismo lugar. Además, se erigió una novena cúpula en su memoria (que deja asimétrica la estructura de la catedral).
 
 
Algunas explicaciones se dan en la calle y otras, para reanimarnos, en espacios cerrados como el centro comercial Gum. En la siguiente parada outdoor al Gum ya empiezo a tiritar. Quizá, a consecuencia de ello siento un aura: hablo con una mínima dificultad y mis movimientos son algo torpes. Se lo achaco a una pequeña subida de tensión: quizá mi cuerpo esté sometido a un cierto estrés por las bajas temperaturas y el ayuno (es la una y aún no he tomado nada)

Vuelvo en metro al hostel con cierto aturdimiento. De camino, tomo un reconfortante tetrabrik de medio litro de kéfir y ya, en mi refugio, nueces y manzana (que me sintonizan el cuerpo).

Una siesta de 10 minutos me resetea el coco y me siento en forma para visitar el Museo de la Gran Guerra Patria (o sea: la Segunda Guerra Mundial. Porque la Guerra Patria, a secas, son las Guerras Napoleónicas).

Fabián me había avisado de que han retirado la instalación en la que los visitantes deben caminar sobre cruces de hierro y estandartes con esvásticas ¡ooooh! :-(
Dedico 3 horas al museo. Lo recorro rápido la primera vez, para asimilar sus dimensiones. Y ya, la segunda, recreándome. La estrategia resulta un éxito y consigo salir sin sensación de sobresaturación.
 

Lo que más me impacta son los dioramas de las batallas (con sonido), la simulación de la toma del Reichstag y haber encontrado al hijo de Dolores Ibarruri entre los cerca de 12.000 nombres de héroes distribuidos en 72 columnas de mármol.
 




Me recojo en el hostel, previa cena en el Liberto: tortilla con salmón, ensalada griega y té por menos de 10 €.

10-NOV (domingo)

Salgo del JustDo y dejo la maleta en el Pasternak. Aún es pronto para el check-in. Los precios de los dos alojamientos son similares pero el Pasternak está al lado del Kremlin, es bastante más cutre y su clientela poco estilosa (gente mayor que come en una bandeja de poliexpán o que llevan la pechera al aire con la parte inferior de la camisa anudada –porque carece de botones-.
O, directamente, van desnudos de cintura para arriba).

Me dirijo al Kremlin. Debo atravesar una carretera de 5 carriles y no encuentro el paso subterráneo. Analizando el semáforo encuentro un hueco de 10 segundos... y, en el trance de jugarme la vida como un ñu, me atruena la sirena de un cocodrilo aparcado y vigilante. Afortunadamente, sin multa.

Más adelante, unos 300 policías jóvenes, de ambos sexos, forman para participar en un acto oficial dentro del Kremlin.
 

Dedico la mañana a pasear por el interior de la fortaleza.
Muchas zonas restringidas (sobre todo, las cercanías al Senado, donde trabaja el presidente), policías avisando con silbatos a turistas descarriados, iglesias antiguas visitables y escasas zonas verdes. En el único parque pido un crêpe con smetana y un chocolate caliente. Aquí empieza mi día de perdición :-)

Salgo a la Plaza Roja. El acceso a la Catedral de San Basilio está cortado así que retrocedo hasta Nikolskaya, la calle de las luces.
Para ello, rodeo las obras de instalación de la pista de hielo (que habitualmente se desmonta hacia marzo).

En el Teatro Bolshoi encuentro un enorme despliegue de seguridad. La gran avenida Teatral’nyy está despejada de coches y los peatones esperan en la acera. Aparece, fuertemente escoltada y a mucha velocidad, una limusina corta, negra y con los cristales traseros tintados. Pregunto a una pareja y el mozo no duda de que dentro viaja el presidente.

Entro en los lujosos almacenes Gum, la calle Menacho de Moscú. En la planta baja un fotógrafo profesional se emplea a fondo con una pareja de novios kirguises.


En el piso superior (tercero), en un restaurante italiano, pido ensalada griega, una porción de pizza y mousse de chocolate.
Ni el servicio, ni la comida, ni el precio resultan sabrosos.

Desde una ventana del comedero contemplo un baile de gala con veleidades de tiempos zaristas. Ellos con traje azul, camisa blanca y guantes también blancos; ellas con vestidos despampanantes de fantasía. Bailan valses, polkas y salen en pareja a los balcones de su palacio a contemplar la plebe consumiendo.

 
El restaurante parece un buen lugar para hacer negocios, donde los viajantes muestran su género (perfumes, caramelos ...)
 

Saliendo de la Plaza Roja compruebo que quedan 10 minutos para las 6. Espero en los Jardines de Alejandro a presenciar un cambio de guardia en la Tumba del Soldado Desconocido.

Ya de noche, vuelvo al hostel a descansar ¡se me pasa la hora de la siesta! Me quedo enroscado en la cama más de una hora.
Cuando despierto me dedico a preparar la excursión del día siguiente, que deberá incluir árboles obligatoriamente.
Quizá un parque urbano o un bosque más salvaje (y alejado), como el de Jimki, con 1000 hectáreas de abedules.

11-NOV (lunes)

Hoy va a ser mi día de respiro para sobreponerme a la megápolis y recuperarme de tanto pedrusco artísticamente organizado. 
Inicialmente pensé en acercarme al bosque de Jimki, víctima de la autopista a San Petersburgo que lo partió por la mitad.
Finalmente, pongo rumbo de mañanita y en ayunas al embarcadero de Prichal Setun', dentro de Moscú.
Con la wifi del hostel cargo el desplazamiento sugerido por Maps, que implica metro y bus.
 
 
El móvil en modo avión va mostrando mi situación. La bolita azul apenas lleva retraso y Maps va actualizando horarios.

Bajo del bus en Vorob'evskoye Hwy. Cruzo el puente sobre el Moskova y camino a su vera, por una carretera sin tráfico y con los ojos llenos de árboles. La situación mejora aún más en Borobyovy Gory (la Colina de los Gorriones), una zona de agradable bosque con multitud de caminos para vagabundear. La intervención humana resulta exagerada en los numerosos postes de 12 focos pero se agradece en las pasarelas de madera que salvan las zonas más húmedas. Y en las casitas de madera que cuelgan de los árboles: contienen semillas que atraen a muchos pajaritos desconocidos para mí.
En el bosque de Neskuchny Sad rodeo una charca con patos.
Un ruido de hojarasca me hace mirar al suelo y descubro una ardilla, con la que comparto mis nueces bio. Coge una de cada vez y las tramita (comiéndolas o escondiéndolas) alejándose a un lugar donde se siente segura. Continúo mi ruta y llego a ver unas 20 ardillas, con su permanente trajín en busca de sustento. Me familiarizo con el sonido de hojas secas que las delata.
 

Encuentro un individuo tumbado con el brazo estirado y la mano abierta, simulando tener comida. Pero la ardilla a la que pretende sacar la foto lo rehuye. Sin embargo, una chica que pasea con su amiga, se agacha, abre su mano vacía y consigue engañar una ardilla, que llega a asomarse.
 



En el Parque Gorki desayuno en el 8 Oz, un acogedor y refinado restaurante cercano a un estanque al que doy la máxima nota.
Tomo dos deliciosos y elaborados platos a menos de 4 € cada uno (tostada de salmón y aguacate + babaganush con pan de pita y falafel). Al final, lo más caro resulta ser el té verde con jazmín (6 € la tetera).
 
 
Continúo por el Parque de Gorki, una zona más urbana con museos y más asfalto que tierra.
 

Cruzó el Moskova hacia la impresionante Catedral de Cristo Salvador. La recorro dos veces (incluida doble bajada a la cripta) y subo a sus terrazas para disfrutar de un panorama de Moscú.
En el suelo encuentro un gorro. Lo coloco en un poste frenaturistas para que espere a su dueño con comodidad. Al salir de la catedral continua allí, le hago un guiño y se mete en mi zurrón.
 
(Estremecedor el monumento al albañil desconocido ante la Catedral de Cristo Salvador).


Vuelvo a pie al hostel y me regalo una siesta de casi una hora. Cuando despierto, ya ha anochecido.
Tomo el metro hacia el JustDo Hostel de Dostoievskaya para recuperar los 2 tupper mercadoneros que olvidé en el frigo.Me topo con el recepcionista que me recibió la primera noche, somnoliento. Se sorprende y me saluda con un "¡Hola!". Al despedirme le deseo mucha suerte con el negocio: la calidad de las instalaciones ha hecho mi estancia memorable. Además, el ambiente juvenil es muy agradable.

Vuelvo andando a mi madriguera actual  grabando la ruta en wikiloc. Ya conozco el trayecto y camino con la seguridad de los aborígenes.
Los huéspedes del Pasternak son de edad similar a la mía a diferencia de los del JustDo, que podían tener unos 30 años menos.
 


12-NOV (martes)

Dedico la mañana a conocer Kolomenskoye, la zona de recreo veraniego de los zares. A la entrada consigo un detallado plano por menos de 1 € con el que diseño un recorrido exhaustivo.

Hace frío y se agradecen los "tualets" callejeros gratuitos y con aire acondicionado.


No entro en iglesias ni en palacios. Prefiero simplemente caminar, ya sea por vaguadas o por la ribera del Moskova.



He desayunado escasamente y noto las baterías bajas. Durante la vuelta en metro decido echar una siesta en el hostel (pagando medio día adicional. Y si no han recogido mis sábanas).

Pero antes entro en el restaurante contiguo (Rythm & Blues) y me doy un homenaje que me deja supervitaminado, con lo que me animo a viajar directamente al hostel Rus, de Domodedovo.

En el Rythm & Blues, aunque consigo comunicarme satisfactoriamente con los camareros, un cliente se ofrece a traducir.
Era una trampa: se trata de un gañán cargado de alcohol, con un inglés regulero. Quiere que le hagan casito y resulta pesado.  Me dice que se llama Denis, que es un soldado de Rusia, cristiano y cátaro. Admira a los españoles porque son conquistadores. Españoles como Paparushki (¿Pavarotti? los camareros se tronchan). Me quiere enseñar fotos y vídeos en su móvil, sin conseguirlo. De su hermana, de su mujer, de su hijo de 5 años.
Un cansino de libro.
Me zafo de él pero se acerca a mi mesa con un brebaje de alto octanaje que se tomará a mi salud, porque me quiere y desea lo mejor para mí y para mi familia. Vierte parte de su bebida en mi pantalón. Consigo ahuyentarlo.

La siguiente vez me costará más: contraataca con un bebedizo azul que contiene tabasco. Dice que debo beberlo de un trago en su honor y parece dispuesto a ofenderse si no lo hago. Le doy un sorbito de compromiso pero no consigo su visto bueno.
Entramos en un bucle de sorbitos, desaprobación y confesiones de amor. Maria me llama y él insiste en participar en nuestra conversación. Con el pretexto de que quiero hablar con ella en privado escapo de lo que ya empieza a ser una pesadilla. Los camareros me piden perdón.

Recojo mi equipaje del Pasternak y atravieso el patio con mi radar a plena potencia para detectar la presencia de Denis con margen para poder camuflarme al lado de un bajante.

Voy en metro hasta Nagatinskaya y, de ahí, a la estación de tren de Nizhniye Kotly. Los tornos no admiten mi pase Troika pero una controladora me ayuda a comprar el billete con tarjeta.
Me escribe en un papelito, con preocupación maternal, la hora de salida de mi tren y la palabra "Aeroport". El dato de la hora es importante pues el flujo proveniente de Moscú es constante.

Le enseño mi papel a una pareja de mozo y moza. Hablan un inglés de nivel parecido al mío y me invitan a que les siga ya que ellos cogerán el mismo tren.
Además, también se bajarán en Aviationskaya.

Tras llegar a nuestra parada me acompañan hasta la puerta del Hostel. De camino, vamos charlando sobre Lisboa (la madre de ella trabajaba para Aeroflot y vivió en esa ciudad), Crimea (nuestras opiniones coinciden)...

La recepcionista del Hostel Rus habla un inglés más chapucero. Va a la cocina y pide ayuda a una huésped, que me da la información que necesito y se muestra contenta de poder ayudar. En su ordenador me muestra el camino hacia el bus del aeropuerto.

Mi vuelo despega a las 9:15 am y ella opina que debería estar en la parada a las 6:30 (el viaje en bus dura unos 15-20 minutos). Interviene la muchacha del hostel para hacer valer su opinión: mejor a las 6:00.

Con Maps ensayo mi camino hacia el bus y lo grabo en Wikiloc. En la parada compruebo los horarios: en torno a la hora recomendada hay uno a las 6:08.
Decido tomar el que llega 20 minutos después (con cierta angustia pues no lo aprobaría la recepcionista)

13-NOV (miércoles)

Me despierto pasadas las 5, antes de que suene la alarma. Decido levantarme por si eran fundadas las precauciones de antelación y llego a la parada a la hora más temprana recomendada.

Espero unos minutos y subo a una marshrutska. No es el bus 30 que me indicaron en el hostel pero el conductor asegura que va al aeropuerto... y acepta pago con tarjeta (fenomenal: sólo tengo euros. De lo contrario hubiera tenido que probar suerte con el taxi aparcado al lado, que estaba agazapado al rebusco)

Llego a la puerta de embarque antes de las 6:30, con los pasajeros del vuelo anterior aún sentados y relajados. Este vuelo a Frankfurt despega 2 h 10 min antes que el mío.
Creo que soy el primer pasajero de mi vuelo en llegar.

En el vuelo disfruto de mi comida ovolacto y de varios vasos de té con crema. TAP no limita las bebidas a sus pasajeros y, en Rusia, me acostumbré al té a discreción de los hosteles.
Mi compañera de asiento es una mujer mayor de Nizhni Novgorod (Ciudad Nueva de Abajo). Es su primera visita a Portugal, viaja sola y está emocionada.

En la Terminal Rodoviaria de Sete Rios me cambian el billete de vuelta a Elvas de las 5 pm por otro para el autobús de las 3. Tengo 2 horas por delante. Me planteo aprovisionarme en el Lidl de la estación de Jardim Zoológico y comer en un banco, quizá de la estación de bus ... pero prefiero mimarme en un lugar calentito y cubierto. La primera propuesta de Maps es el restaurante "Erva", que describe como "orgánico" sin calificar sus precios. Me dejo guiar por el móvil y llego al hotel Corinthia (5 estrellas; precio medio de la habitación: 150 €).
Un conserje me indica que se trata del restaurante del hotel y se ofrece a guardarme la maleta. Ya es demasiado tarde para arrepentirse así que entro dispuesto a disfrutar de la experiencia de que me loncheen y trituren la cartera.
En el guardarropa me acogen varias capas de ropa.
Los clientes son extranjeros o portugueses pudientes.
Me disculpo ante la camarera por mi aspecto, desaliñado y sin afeitar. Ella me responde que está tudo bem.
Consigo componer una apetitosa y sofisticada refección vegetariana (porque el restaurante tiene poco de orgánico y mucho de carnívoro) por la que no llego a pagar 35 € (propina incluida). Esperaba mayor hecatombe y salgo satisfecho del envite, aunque más desplumado de lo que me gustaría.

He dormido poco en el vuelo y me duele la cabeza. Otro conserje del hotel me informa de que la ley les prohibe ofrecer medicamentos a los clientes. El conductor del autobús tampoco tiene una pastilla que me alivie y recomienda que pregunte entre el pasaje. Me dirijo a una ventanilla pero sin éxito.
Al volver al bus, el conductor ya ha conseguido que un pasajero le facilite un comprimido. No tengo agua pero me indica que "eso se toma a palo seco, haciendo un poco de saliva, y ya está".

En Elvas me espera la kangoo. La lluvia la ha dejado resplandeciente. Tras 14 días, arranca a la primera (con el truqui de accionar los calentadores 5 veces seguidas y bombear gasoil con el acelerador otras 2). Un viaje de pocos metros al Lidl para conseguir víveres y otro de varios kilómetros hasta casa, ya de noche.

Antes de acostarse toca zafarrancho de deshacer maleta y mochila. Y poner una lavadora de ropa sucia.
La ducha y la ropa tendida lo dejo para el día siguiente.
Me acuesto cuando aun quedan 10 horas para el momento límite de salir al trabajo.

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